• Alexis Sazo

Cada día su propio afán




No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho. Así experimentarán la paz de Dios, que supera todo lo que podemos entender. La paz de Dios cuidará su corazón y su mente mientras vivan en Cristo Jesús. (Filipenses 4.6–7 NTV)


La vida puede ser monótona, especialmente en estos días de encierro por cuarentena. A veces pareciera que el camino que tenemos por delante parece alargarse kilómetro tras kilómetro; es como si fuéramos en un camino estéril en un desierto en el cual no hay un oasis a la vista. Entonces, ¿cómo podemos lidiar con las fatigosas responsabilidades cuando no parece haber alivio para nuestras cargas? Bien dice en Eclesiastés:


Porque ¿qué tiene el hombre de todo su trabajo, y de la fatiga de su corazón, con que se afana debajo del sol? Porque todos sus días no son sino dolores, y sus trabajos molestias; aun de noche su corazón no reposa. Esto también es vanidad. (Eclesiastés 2.22–23 RVR60)


Oliver de Vinck, gravemente incapacitado desde que nació, permaneció postrado desvalidamente en su cama durante sus 32 años de vida, incapaz de valerse por sí mismo. Día tras día y año tras año, sus padres le ponían comida en la boca, le cambiaban los pañales, y aun así mantuvieron un hogar feliz.


Un día Christopher, hermano de Oliver, preguntó a su padre cómo podían soportar aquella situación. Él le explicó que ellos no se preocupaban por la larga sucesión de mañanas que podían tener por delante, sino que vivían un día a la vez, preguntándose: «¿Puedo alimentar a Oliver hoy?» Y la respuesta siempre era: «Sí, hoy puedo hacerlo».


El Señor Jesús nos enseñó a vivir de esta manera cuando dijo: «Así que no se preocupen por el mañana, porque el día de mañana traerá sus propias preocupaciones. Los problemas del día de hoy son suficientes por hoy» (Mateo 6.34 NTV).


Así que, mis hermanos, tanto en fe como en oración, podemos vivir la vida y sus tareas (muchas veces fastidiosas) en «pequeños bocados»; confiando el futuro impredecible a la gracia de aquel que promete que «como tus días serán tus fuerzas» (Deuteronomio 33.25). Descansemos en Él y solo preocupémonos de lo que tenemos frente a nosotros, porque Él vela por nuestros mañanas.


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