• Iris P.

¡ALABEMOS AL SEÑOR JESÚS!



Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte a un monte alto; y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. (Mateo 17.1–2)

En aquel momento, el Señor Jesús les mostró a estos tres apóstoles que él era más que un simple ser humano (cosa que ellos no entendían), porque nuestro Señor jamás dejó de ser Dios. En él moraba esta doble naturaleza, pues era 100% Dios y al mismo tiempo era 100% hombre. 


Los evangelios nos muestran al Dios encarnado; y como hombre tuvo que pasar por el mismo proceso que pasa cualquier otro humano, desde estar 9 meses en el vientre de su madre, luego nacer, aprender como cualquier niño, etc. Este es un misterio que no logramos entender, porque hasta su misma concepción fue completamente diferente a la nuestra. Él fue el hijo de una mujer virgen, pues el Espíritu Santo engendró a aquella criatura.


Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios. (Lucas 1.34–36)

Lo que más me asombra es que el Dios Todopoderoso, Rey de reyes y Señor de señores, se sujetó a las leyes de la creación, siendo Él el creador y sustentador de todo el universo (Colosenses 1.16; Hebreos 1.3). No logro comprenderlo, me es imposible el solo imaginar que el Creador de todas las cosas pasara 9 meses en el vientre de una criatura y se dejara alimentar por esta. Es que cuando vemos versículos como los de Salmos 113.5 y 6 que nos dice que para Dios el solo hecho de mirar desde su trono es una humillación, me quedo sin palabras.


Dios se humanó porque su amor le movió venir a salvarnos, pero fue una humillación que jamás podremos entender. Sin embargo, esto a lo único que nos lleva es a alabarlo más y más, pues él se lo merece; tal como dijo el apóstol Pablo: 


Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, 6el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2.5–11)

¡Gloria a Jesús, el Dios Altísimo; Cordero inmolado!


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