• Alexis Sazo

¿A quién le creemos?



Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. (Efesios 2:1–3 RVR60)


El humanismo de principios del siglo XX realmente pensó que el concepto del mal del hombre era una idea primitiva. Y a finales del siglo XIX, principios del siglo XX se burlaron de la doctrina cristiana del pecado. Se burlaban de ello, porque postulaban que los seres humanos somos básicamente perfectibles; es decir, que si las personas fueran educadas y tratadas con dignidad y humanidad no se convertirían en personas violentas. Pero las dos guerras mundiales probaron que este pensamiento es falso, puesto que personas muy bien educadas, criadas en hogares con principios y valores, llegaron a cometer actos horrendos.


Y a pesar de que a finales del siglo XIX y principios del XX, la idea era que si eras una mala persona era porque te habían criado mal; sigue tan vigente hoy en día. El hombre de hoy sigue culpando a la sociedad y a la crianza del mal que manifiestan las personas. Ya que la psiquiatría y la psicología humanista dicen que si eres una persona malvada y violenta, es porque alguien fue malvado y violento contigo; porque dentro nuestro «somos buenos». Por lo tanto, es la ignorancia y la mala crianza de los niños y todo tipo de cosas como esas las que crean la miseria de este mundo.


Claro, el ser humano siempre ha buscado cómo excusarse y justificar su actuar diciendo: «No fue mi culpa». Lo vemos desde el día uno de la caída, cuando Adán y Eva dijeron respectivamente: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. La serpiente me engañó, y comí. (Génesis 3:12–13). Pero vemos que la realidad de las escrituras es otra. Porque dice en Jeremías 17.9: Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso. Y el Señor Jesús dijo en Marcos 7.21–23: Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.


El Señor nos dice que nosotros somos una fuente del mal. El pecado nace desde el centro mismo de la persona y brota hacia afuera. Pero Satanás y su reino mundano dicen que nosotros somos más bien como una alcantarilla, porque se nos contamina desde fuera, pero por dentro estábamos limpios. Ahora, ¿a quién creerle? ¿Quién dice la verdad? Dicen las escrituras:


Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará? (Números 23.19 RVR60)


Y en cuanto al diablo, dice: Pues ustedes son hijos de su padre, el diablo, y les encanta hacer las cosas malvadas que él hace. Él ha sido asesino desde el principio y siempre ha odiado la verdad, porque en él no hay verdad. Cuando miente, actúa de acuerdo con su naturaleza porque es mentiroso y el padre de la mentira (Juan 8.44).


Creo que la respuesta está clara, creerle y confiar en Dios, siempre será la mejor opción.

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